Últimamente y sin previo aviso
me paro,
doy pausa a la película,
aparto la labor,
me tumbo de lado en el sofá
y, por un instante,
me doy permiso:
me imagino que estás conmigo,
que me abrazas por detrás,
que tus labios besan mi nuca
y que tu brazo se enrosca con el mío.
Nuestros dedos forman un fuerte nudo
y el silencio se vuelve perfecto.
La visión dura solo unos instantes.
Entonces empiezo a llorar con un llanto ronco,
como lloran los animales abandonados
o los niños huérfanos,
porque sé que nadie puede oírme
(ni siquiera tú).
Es como dejar salir el vapor
de una olla exprés por un segundo
para volver a la calma.
Después me incorporo
y me pongo a hacer mis cosas,
como si no me faltara algo,
como si no tuviera amputadas
las tardes de domingo.