A veces el desamor
llama a mi puerta
y la derriba de una patada...
Y yo miro impotente
cómo se arrellana en el sofá
con cara de malévola satisfacción.
Y doy vueltas por el salón
como un animal enjaulado
apretando los dientes.
Revuelvo los cajones en busca
de respuestas,
de la vieja certeza
que se me escurre
entre los dedos.
Entonces dejo caer los brazos
a los lados
impotente
y me resigno.
Me acerco,
arrastrando los pies,
hasta el sofá,
y me siento a su lado.
Nos miramos de reojo
midiéndonos el uno al otro
y resuelvo coger el mando
de la tele y poner una peli.
Nos acurrucamos entre los cojines
y me pasa el bol de palomitas.
Y en ese momento,
hombro con hombro
con mi propio desamor,
me doy cuenta de que
no era tan terrible
mirarme a los ojos
y ver que,
después de todo,
sigue valiendo la pena
ser yo misma.

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